EL AMOR PROPIO COMO AUTOESTIMA Y COMO AMOR A SI MISMO
La autoestima es el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, es
decir, la aceptación de nuestros potenciales y debilidades, aquello de lo
que somos capaces hacer de acuerdo con nuestra humana condición.
Significa, por tanto, la posibilidad de aceptarnos tal y como somos, con
nuestras virtudes y defectos.
La persona con alta
autoestima, al aceptarse como es busca siempre el bien de sí misma, por
el contrario, la que tiene baja autoestima, al no aceptarse con sus propios
potenciales y limitaciones, tiende a la depresión, a la desmoralización
y, en algunos casos, al suicidio. En pocas palabras, no busca su propia
realización, sino lo contrario, su autodestrucción.
Si aceptamos la idea
del amor propio como elevada autoestima, tenemos
que aceptar que aquel es bueno por varios motivos:
1) porque cada uno de nosotros somos seres dignos
y valiosos, ya que somos personas. No son personas
sólo los otros, sino también nosotros lo somos, y por
consiguiente, también somos dignos de ser amados;
2) sería realmente absurdo amar a los demás y no
amarnos a nosotros mismos; tenemos, por tanto,
que cuidarnos y preocuparnos de nosotros mismos;
3) aunque somos responsables de los demás, lo
somos de nosotros mismos, precisamente porque
nuestra capacidad de autodeterminación se limita a nuestro propio ser.
Ahora bien, el amor propio como autoestima, al contrario
de como pudiera parecer en nuestros días, no siempre ha sido
bien visto en la historia de la humanidad. Para teólogos como
Calvino y Lutero, por ejemplo, el amor e interés hacia sí mismo
es algo en esencia detestable y pecaminoso. El hombre es un ser
insignificante y perverso de frente a Dios; no le queda más remedio
que inclinarse ante él y obedecer los mandatos divinos.
Pero no siempre el egoísmo, el amor a sí mismo y el interés propio
han sido considerados pecaminosos y amenazantes para los individuos
y las sociedades en distintas épocas históricas. En la actualidad existen
planteamientos éticos como los propuestos por Fromm, Savater, Galimberti, Finkielkraut, entre otros, para quienes el egoísmo, el amor
e interés propio del individuo, es parte esencial de la condición
ética del ser humano, además de expresar la posibilidad que este
último tiene de reconocerse y de actuar como sujeto ético, al
mismo tiempo que practica el arte de amar a los demás.



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